Bajo presión (Publicación en pruebas)
Próximamente pondremos en funcionaniento este blog en el que trataremos los más diversos temas que preocupan a la condición humana. Para nuestra primera "emisión" en pruebas, vamos a rescatar un relato inédito de una madre que sufrió depresión posparto (antes de la pandemia), ya que es un tema que (afortunadamente) está empezando a visibilizarse, puesto que no es tan "color de rosa" como nos lo hacen creer. En el relato se da una visión general de lo que supone enfrentarse a este gran reto cuando ya llevas en tu mochila la precarización a la que está sometida esta generación que sólo ha conocido crisis económicas en su salida al mundo laboral. Todo ello unido a la falta de empatía de familiares y conocidos puede desencadenar en una bomba de relojería.
Bajo
presión
Aunque es otoño, en
este mes de octubre sigue haciendo un calor más parecido al de verano que al de
la estación que se supone lleva casi un mes vigente. Acabo de salir del
hospital, en el que he estado ingresada cinco días tras dar a luz. Desde el
primer momento en que volví a la habitación del ala de maternidad, ya con mi
pequeña Iris en brazos, supe que nada volvería a ser como antes. Puede parecer
obvio lo que digo, pero desde aquel mismo instante para mí fue una sensación
extrema, sabía que había cerrado una etapa para siempre. Todo lo que yo había
sido hasta ahora, todo lo que había hecho en mi vida anterior, mis sueños, mis
anhelos, mis lugares a donde huir en solitario cuando el ruido social me
saturaba, todo eso había quedado enterrado como quien deja cerrado un portón de
un fuerte portazo y se va.
Fue un parto natural
sin epidural, me siento orgullosa de haber estado consciente en todo momento y
poder recordar uno de los momentos más felices de mi vida a pesar del
insoportable dolor. También desde ese mismo momento, me dije a mi misma que si
fui capaz de soportar aquello, puedo con todo lo que se me ponga por delante y
más. Y me prometí a mí misma que nunca jamás volvería a ponerme barreras
mentales, y que no me invadirían la ansiedad y el miedo cuando por fin se
acerca uno de esos momentos que tanto he deseado. Solía ser la típica persona
que al final renuncia a sus metas por no pasar un rato de ansiedad bloqueadora
cuando tiene que hablar en público o tiene que cumplir con un objetivo en un
cierto plazo de tiempo.
Pero todo esto es
diferente ahora. Mi sociabilidad mejora notablemente mientras más me comunico,
y para eso un pueblo de una capital es bastante distinto. Los largos meses de
agosto de mi infancia en el pueblo de mi madre y de mis abuelos eran de paz
espiritual, de descubrimiento de la naturaleza, de libertad hasta ciertos
límites (y de ausencia de ellos cuando nadie miraba, por qué no), de reír y
bailar en fiestas de verano hasta descubrir el amanecer. Todo aquello formaba un oasis en mi alma en
el que me refugiaba durante el resto del año para soportar a los acosadores de
mi clase, y los años que me iban quedando para acabar aquella maldita
E.G.B.
Por ello, de manera
consciente o inconsciente, no lo sé,
siempre supe que mi destino consistía en volver a mis raíces, y sabía
que mis hijos nacerían aquí. Iris es riotinteña de nacimiento, lo que yo
por desvaríos del destino no pude ser y me hubiera encantado. Minas de Riotinto al fin y al cabo es como
yo, un pueblo en permanente lucha por conservar su identidad por mucho que lo
muevan y le obliguen a irse a otro
sitio. Hasta que un día encuentra su lugar y dice "aquí me quedo".
Pero al subidón del
parto le llega el bajón del posparto. Llega un día en que te has olvidado de
las náuseas que pasaste, los ardores, la percepción distorsionada de los
olores, las noches sin dormir incómoda, los calambres, y finalmente el temido
parto. Llegas a olvidar lo que te dolió el parto. Pero el posparto no, el
posparto es esa bofetada de realidad en la cara que te dan sin vértela venir, y
que, incluso cuando ya crees haberlo superado, vuelven sus fantasmas a rondarte
en forma de pensamientos negativos. Por eso estoy aquí, en esta calurosa
mediodía de octubre, sentada al borde de la cama, delante de la cunita de mi
preciosa Iris, que parece ser que duerme tras dejarme exhausta, y mirando al
infinito a través de la ventana. El paisaje seguía siendo tan precioso como lo
era en mi niñez, cuando esa habitación era la de mis abuelos, Ángela y
Francisco. Cuando se asomaba mi madre Victoria, incluso mi bisabuela Josefina,
que la disfrutó poco tiempo tras venirse de El Alto de la Mesa. O yo
mismamente, que desde mi infancia disfrutaba mirando aquellos cerros altos a lo
lejos, y aquellas instalaciones mineras que de noche se iluminaban como si de
otra ciudad se tratase. Y en la lejanía escuchaba el ruido de los volquetes
maniobrando, sonido que durante muchos años posteriores eché de menos en las ya
completamente silenciosas noches.
En el momento en que
estoy sentada en la cama y apoyada en la cuna mirando este paisaje, mi mirada
está perdida, no sé qué me apetece más, si llorar, gritar, salir corriendo,
acostarme y taparme hasta la cabeza y que me dejen dormir dos días seguidos...
Tenía hechos planes, sabía la forma en que quería vivir mi maternidad, pero de
antes de salir del hospital ya se había truncado todo. El parto y posparto lo
concebía como un momento íntimo, Iris, su padre y yo. Momento para hacernos los
tres los unos a los otros. Establecer una buena lactancia materna (ahora no sé
si no me pasé leyendo demasiado sobre crianza natural con apego). Que nos
dejaran tranquilos a los tres y respetaran nuestro momento. Ya llegaría el
momento de los demás. La familia más cercana, lejos de ser comprensiva con
estos momentos vitales, agrava más estas situaciones tomándoselo como algo
personal. Pero el tiempo es sabio y acabas por darte cuenta, aunque sea ya
tarde, que si se enfadan por eso, que les den.
Si el embarazo y el
parto salió perfecto todo lo que vino después no lo fue, por aquello de que las
cosas salieron totalmente diferente a como yo las había planeado. Lactancia
artificial desde el hospital, ya Iris decidió que no quería pecho ni en
pintura. El día siguiente del parto fue un constante chorreo de gente al hospital
a pesar de mi cansancio. Las abuelas en repetidas ocasiones había que ponerlas
en su sitio para que no acapararan más lugar del que les corresponde, y aún
seguimos en la lucha, ese fantasma siempre acecha. Y todos esos lastres no te
ayudan a superar la tristeza además de por los motivos personales tuyos que un
parto acarrea.
De repente te ves que
ya no eres la persona que solías ser, te has convertido en una máquina que lo
único que hace es estar pendiente de un diminuto e indefenso ser las 24 horas del
día. Salir a la calle de paseo con tu bebé a airearte y desconectar un poco se
convierte en una tortura cuando a cada dos pasos tienes que parar a que todo el
mundo se acerque a verla como el que va a adorar al niño Jesús. Que no tiene ni
un mes, aun no ha empezado a vacunarse, ¿Qué quieren? ¿contagiarle algo?.
Tienes el miedo de que enferme, de que no respire al dormir, de que alguien
sólo por ser familia se crea con tanto derecho como tú a criarla, miedo de que
señalen que haces algo mal a pesar de tus esfuerzos y tu documentación sobre el
tema... Y mientras, tú te diluyes como persona. Dejaste de leer, de salir, de
estudiar, de buscar trabajo (cualquiera trabaja ahora...) y un largo
etcétera...
Podría seguir nombrando
posibles causas a mi problema, y probablemente ninguna de las que llevo dichas
hasta ahora fueran determinantes para todos esos días que me senté agotada a
mirar el infinito. Seguramente ninguna sea la verdadera razón de sentirme así,
incluso puede que sólo sean excusas. La verdad que eso da igual. La depresión
posparto no es una enfermedad exenta de tabús, a pesar de que la inmensa
mayoría de las mujeres la sufren en mayor o menor grado. Al fin y al cabo cómo
puedes decir que estás triste, si estás viviendo un momento muy feliz, cómo
puedes desaprovecharlo rallándote. Nadie acierta a explicarlo pero ocurre, más
de lo que creemos. Las mujeres no lo reconocemos porque se supone que tenemos
que estar rebosantes de alegría, y escondemos mucho tras una sonrisa. Yo solía
ser siempre la típica que ocultaba todo tras una sonrisa, nunca me gustó hablar
de mis problemas de niña madura para su edad que analiza todo, y bendita
depresión posparto, que me abrió los ojos, me quitó el filtro y me liberé de
muchas ataduras. Si se está mal se dice y punto. No se puede mantener una
careta toda la vida, merecemos ser felices sin maquillaje.
Toda esta filosofía tan
happy flower que hay ahora, de libros
de recetas mágicas para ser felices, no termino de entenderla. Me parece todo
de lo más superficial. Si no aprovechas estas horas bajas para bucear dentro de
ti y conocerte mejor, ¿cómo pretendes curarte y ser feliz? El camino es largo y
costoso, con muchísimos altibajos, tantos que a día de hoy, casi dos años
después y una vez cumplidos mis objetivos vitales, no sé si estoy bien del
todo. Pero ya no me asusta casi nada, y he vuelto a construirme a mí misma
desde las ruinas, en una versión mejorada. Ya sí soy capaz de disfrutar de todo
lo que tengo, aunque algunos de mis fantasmas interiores y exteriores se
empeñen en culpabilizarme por hacer lo único que en el fondo siempre he querido
hacer: disfrutar la vida.
La enfermedad mental,
sea cual sea, sigue siendo un tabú. Decir enfermo mental es que se nos venga a
la cabeza alguien con una camisa de fuerza dándose chocazos contra una pared acolchada con la cara desencajada. Y la
realidad está muy lejos de eso. Enfermos mentales somos todos en algún momento
de nuestra vida. Depresión, ansiedad, estrés, pánico... ¿quién no lo ha
padecido alguna vez? Y no estamos locos. Quien no profundiza en estos temas
puede caer en muchos tópicos que para nada ayudan a la persona enferma a salir
de su situación. Se silencian historias familiares para evitar la vergüenza de
qué pensará la gente de tener "un loco" en la familia. Seguimos haciendo
vida normal como si nada. Acudimos a nuestros trabajos, saludamos al vecino
(para que luego éste en las noticias de sucesos pueda decir que siempre
saludábamos), nos hacemos fotos que van a las redes sociales en las que
disfrutamos de unas buenas vacaciones, una noche de fiesta con miles de amigos
o una foto de un postre muy bonito con muchos colorines. No se vaya a pensar
nadie que somos unos antisociales, unos amargados o que no somos felices.
Al fin y al cabo, la época que nos ha tocado vivir tampoco está tan mal. Hay cosas bastante mejorables, pero nunca ningún tiempo pasado fue mejor. Nunca. A veces me pregunto, si yo tuve una depresión posparto de caballo con una sola hija, jurándome a mí misma que no volvería a tener más, ¿cómo lo hacía entonces las madres antiguamente para criar a muchos hijos, que tenían uno detrás de otro? Cinco niños pequeños, o seis, o siete, que se dice pronto, en años de epidemias y hambrunas, además de guerras. Si me deprimí bastante por no encontrar trabajo durante todos los años que duró la crisis de 2008 (que a día de hoy aun sigue, digan lo que digan), ¿cómo deberían haberse sentido mis bisabuelos con cinco bocas que alimentar en plena guerra civil? ¿Cómo vivían todos ellos con el miedo metido en el cuerpo día tras día? Supongo que en aquella época no había tiempo que perder en lamentarse. Pero las ollas a presión que no se retiran del fuego a tiempo terminan por explotar. Ayer, hoy y mañana. No nos presionemos más de lo que la vida lo hace.
Texto: Patricia Vinsac
Comentarios
Publicar un comentario